Ernesto Samper, secretario general de Unasur: “Es necesario terminar con el bloqueo a Cuba”

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Por Alberto Pradilla Quito

Ernesto Samper es buen conocedor de Euskal Herria. Durante una década, entre 2002 y 2012, fue coordinador del Foro de Biarritz. Actualmente dirige Unasur, una institución clave en el proceso de integración latinoamericano y que ha situado la resolución pacífica de los conflictos como una de sus bases estratégicas de actuación.

Lleva apenas seis meses dirigiendo Unasur. ¿Qué planes tiene para su mandato?

Unasur nace como escenario político para debatir temas sobre tres cuestiones fundamentales. La primera: el mantenimiento de la paz en Sudamérica. En un mundo asolado por guerras étnicas y religiosas, es una buena noticia que haya un territorio en el que no es que no haya conflictos, sino que estos se resuelven de una manera pacífica y ordenada. La segunda, preservar la democracia. Venimos de décadas aciagas de dictaduras y gobiernos autoritarios. Desde hace 30 años la región vive en democracia y parte del papel de Unasur es ejercer de guardián de esa democracia. El tercer punto es asegurar la vigencia de los derechos humanos en toda la región. Hablamos de políticas sociales y económicas que tengan como base los derechos humanos.

¿Hay riesgo de estancamiento?

El problema no es si se mueve o no, sino si se mueve coordinadamente. En la última cumbre se organizó una nueva política de convergencia para acercar los procesos regionales y situarlos en la misma dirección.

En este proceso en clave latinoamericana, da la sensación de que hasta el Papa Francisco, nacido en Argentina, puede jugar un papel clave.

El Papa también es de los nuestros (risas). Lo más importante es que tenemos una aliada común: la conciencia social después de la anestesia neoliberal de más de 20 años. La región despertó. Nos dimos cuenta de que la única manera de preservar la democracia, mantenernos en una condición de paz y garantizar los derechos humanos viene a través de una mejora de las condiciones de profunda desigualdad que existen. Esa luz sobrevino después de la noche ciega de los años 90.

La paz es otro de los términos que remarca. Recientemente, EEUU y Cuba dieron un paso histórico al retomar sus relaciones diplomáticas. ¿Un paso clave en este camino?

Es un paso histórico muy importante. Por lo pronto, ofrece a Cuba la posibilidad de tener unos aliados fuertes dentro de los EEUU. Pero no hay que olvidar que los grandes temas están todavía por resolver: concretamente el del embargo y el de la base de Guantánamo.

¿Qué papel juega Unasur en este proceso de deshielo?

Nuestro papel en este sentido es limitado. Pero miramos con mucha simpatía el proceso cubano y el regreso de Cuba al seno de la unidad de naciones americanas. Es un hijo pródigo que regresa a su casa. La diferencia es que aquí el hijo no se fue, sino que lo sacaron.

¿Se puede confiar en los pasos anunciados por Barack Obama?

Las previsiones sobre el segundo mandato estaban marcadas por el escepticismo. Cuando hay segundo mandato de EEUU y no va acompañado por mayorías en el Congreso, uno puede esperar lo peor. Afortunadamente, ha tenido la valentía de cambiar esa tendencia. Está haciendo cosas importantes, progresistas, en materias como la salud, las migraciones, relaciones internacionales con Cuba… Demuestra que está dispuesto a jugarse el todo por el todo.

Otro punto clave es el proceso de paz en Colombia…

Tenemos confianza en que resulte bien el proceso de La Habana y llegue la paz. De alguna manera, Unasur está involucrada y quisiéramos estar más involucrados, no en el proceso de negociación sino en lo que viene después: la viabilización de los acuerdos, su refrendo popular y la aplicación de las normas de justicia transicional en materia de verdad, justicia y reparación. El paso del conflicto al posconflicto es algo que nos tomará varias generaciones.

¿Cuáles son los pasos a dar?

Insistir en la posibilidad de que el ELN entre en el proceso y trabajar con las FARC en el paso del conflicto al posconflicto. La firma nos va a permitir llegar a lo que podríamos definir como la «paz negativa», que es la ausencia de enfrentamiento, de fusiles, de lucha armada. Pero ahí comienza la construcción de la «paz positiva». Un país que lleva 50 años entendiéndose en medio de la violencia tiene que empezar a entenderse en la paz. Ese es el objetivo final en cualquier conflicto. También en el vasco.

En Euskal Herria se da una situación inédita. ETA ha mostrado voluntad de entregar las armas y no hay nadie del Estado al otro lado del teléfono…

La situación es más que inédita, es insólita. La paz es mucho más difícil que la guerra. Para hacer la guerra con una sola persona basta. Para hacer la paz se necesitan dos. No ha habido un solo proceso histórico de paz que no haya terminado con la firma de un papel entre dos personas. Así que tengo la esperanza de que el Gobierno español encuentre el camino para que esto termine por mutuo acuerdo. No solamente sobre lo que ya pasó, sino sobre lo que no debe volver a pasar. Porque lo más importante de estos procesos y la transición que se da son las garantías de no repetición. La historia está llena de casos de conflictos que terminaron y, por falta de participación de la sociedad civil, por falta de espacios políticos, por simples enfrentamientos verbales, terminaron por reactivarse. Nosotros esperamos que el Gobierno español encuentre la manera de que este conflicto no termine en puntos suspensivos sino en punto final.

México, Uruguay, Argentina, Ecuador… las sucesivas declaraciones desde América Latina evidencian un constante apoyo a la resolución democrática…

Por supuesto. Siempre será positivo que, cuando haya posibilidades, un conflicto, un enfrentamiento que está causando daños, dolor y sufrimiento no solo a los combatientes sino a la sociedad civil, se pueda solucionar por la vía de la negociación, el acuerdo y el entendimiento.

¿Qué lecciones cree que se pueden aprender en Euskal Herria sobre los procesos de resolución que se han cerrado en América Latina y los que se están desarrollando en la actualidad, como el colombiano?

Es difícil sacar lecciones pedagógicas, que alguien haga algo que a otro le salió bien. Cada proceso de paz es distinto y obedece a circunstancias complejas y diferentes. No hay libro de recetas. Cada conflicto debe solucionarse con una simple norma: que las mejores reglas de juego son las que acuerdan los que están dispuestos a someterse a ellas. Aquí tenemos un caso palpable: solo hasta que el Gobierno se sentó con las FARC y acordaron unas reglas del juego (malas, buenas, regulares, ese no es el punto) se abrió la posibilidad real de un proceso de paz.

¿Qué papel puede jugar América Latina en un mundo cada vez más multipolar?

No veo un mundo tan multipolar como multibloque. El deterioro de los mecanismos de Bretton Woods, del FMI, del Banco Mundial, el decaimiento político de las Naciones Unidas… abre camino para que las reglas de la globalización no sean fijadas como se hizo hasta ahora, de manera institucional, con mecanismos constituidos por todos los países, sino a través de la política de bloques. Ahora sería el momento en que Sudamérica liderara el bloque Sur-Sur, trazando una solidaridad horizontal con países que están en condiciones parecidas.

¿Puede ser un modelo para el empobrecido sur de Europa?

Por supuesto. Especialmente en la zona del Mediterráneo.

¿Cree que el proceso latinoamericano tiene riesgo de revertirse?

La conciencia democrática ya se instaló en los sudamericanos. No solo eso. Se redujo la pobreza en más de 150 millones de personas y existe una especie de clase media-baja con grandes expectativas.

¿En qué situación está el proyecto del Banco del Sur?

Ha sido un proceso lento pero seguro. En este momento, de los siete países que deberían haber suscrito su acompañamiento ya hay seis. Estamos muy próximos para que se dé una ratificación del banco que formará parte de la nueva arquitectura regional.

El tráfico de drogas ha convertido a ciertos países en estados fallidos. ¿Qué alternativas plantea Unasur?

No hay región en el mundo que tenga mayor autoridad para hablar de una política alternativa frente a la actual política prohibicionista. Hemos sufrido el problema en carne propia. Tenemos la autoridad moral para decir, como decimos cada día en voz más alta, que la política prohibicionista no está funcionando. Ahora, personalmente creo que el camino tampoco es la legalización. No podemos caer del fundamentalismo prohibicionista al legalizador. Se trata de no seguir como hasta ahora, cuando somos duros con los débiles y débiles con los duros. Hay que apostar por la descriminalización y perseguir a las organizaciones criminales.

Gara

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