Guatemala: Mujeres gigantes que construyen memoria colectiva – Por Silvia Trujillo

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Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Por Silvia Trujillo*

En Guatemala, durante la década de 1980 y entrados los 90, los voceros de la historia reciente habían sido los vencedores, si es que así se puede llamar a las personas encargadas del asesinato y la desaparición de miles de personas (¿vencederos de qué?, me pregunto mientras lo escribo).

Mientras se asesinaba y desaparecía en campos y en ciudades, se creaba paralelamente un discurso legitimador que normalizaba e invisibilizaba lo que estaba sucediendo, de tal cuenta que se fue moldeando la escucha y la forma de entender los hechos para que la sociedad solo pudiera escuchar una parte de la historia. De la otra parte no se quería saber nada. Aunque aun en medio del terror muchas personas contaron lo sucedido, aunque se narró el oprobio, la sociedad guatemalteca no quería escuchar. Ya entrada la década de 1990, fueron muchas personas las que contaron, las que por medio de sus relatos volvieron a sentir el espanto de los crímenes cometidos, pero no hubo una escucha atenta y masiva a esos gritos que volvían a aparecer en relatos, en libros, en informes. Las memorias personales se obstinaban en ponerle un nombre a lo vivido como una forma de catarsis, pero de todas formas se imponía la retórica, el discurso de los vencedores.

Esos mismos actores que no solamente asesinaban y desaparecían, sino que además extendieron la temporalidad de sus crímenes en la medida en que trataron de imponer sobre ellos un grueso manto de silencio: el olvido. Trataron de hacer que la tortura para quienes pretendían honrar la memoria de sus muertos y desaparecidos continuara. Por eso para esos familiares ha sido vital y absolutamente necesario seguir narrando. En primer lugar, por ellos y ellas, pero sobre todo porque, de esa manera, la memoria personal permeaba poco a poco la memoria social, la colectiva. Se corrieron poco a poco los velos del oprobio. Se fueron apagando, primero con susurros y luego a viva voz, las cortinas de fuego que los militares habían colocado sobre los hechos atroces que en este país se cometieron.

Y muchas de esas voces que se obstinaron en decir, en nombrar, en no callar fueron de mujeres. Mujeres que, frente al dolor de su familiar desaparecido, perdieron el miedo, se quitaron las mordazas impuestas y sacaron el sufrimiento de la esfera privada, como mandaba la ley del terror, de modo que recuperaron y reivindicaron la dignidad. Otras, no tantas, se animaron a hablar en primera persona de la violencia sexual. Primero fue un susurro. Primero hubo que ponerle nombre. Pero luego se dijo a viva voz, con lo cual se abrió una grieta en el discurso monolítico y compacto que los militares quisieron crear.

Esa fisura en el tejido de la dominación partió de un no rotundo que las mujeres asumieron frente al silencio impuesto. Terminaron transformando ese rechazo en la búsqueda de dignidad. Su firmeza fue tal que se han logrado imponer a la vocería de la derrota que los vencedores, ya sin ninguna posibilidad de éxito, siguen tratando de legitimar.

La memoria no es el cúmulo de hechos que sucedieron en el pasado, sino la apropiación que de esos hechos se hace en el presente. La memoria está conformada por las interpretaciones que hoy se hace respecto a eso que sucedió en el pasado. Se pudo haber seguido pensando desde la derrota, se pudo haber impuesto el silencio, pero lo que nunca han entendido los mensajeros de la muerte es que las derrotas nunca son permanentes. Por eso son tan necesarias las voces de esas mujeres valientes: porque resurge con ellas y con sus testimonios el discurso de la esperanza.

Ha sido difícil recuperar la esperanza después de los hechos tan atroces cometidos en este territorio, pero hay que hablar del oprobio para aportarle a la sociedad las herramientas que le permitan entender que quienes defienden la vida son la antítesis de eso que narran. Que las víctimas tienen el derecho a ser resarcidas, que tienen el derecho a que se les diga qué pasó con sus seres queridos, que la justicia debe imperar. Pero además, en ese proceso, la sociedad guatemalteca ha tenido que ir aprendiendo a escuchar, a procesar, a comprender, retomando paulatinamente la empatía con el dolor ajeno y reapropiándose de otros discursos.

En estos días, las voces de Emma Theissen de Molina, de Ana Lucrecia y de Emma Guadalupe Molina Theissen se suman al coro de voces que nos están ayudando a recuperar la memoria. Se suman a las voces de las mujeres de Sepur Zarco, de las mujeres ixiles, de las mujeres que nos precedieron. No solo van tras la justicia: nos están ayudando a recordar que el futuro es nuestro, que no nos lo han podido expropiar.

Plaza Pública

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